(Advenedizos anónimos, denle al Play. Estos párrafos de lluvia sólo se dejan ver cuando les baila su melodía)
La había escuchado en un anuncio y me propuse encontrarla mucho tiempo después. No tenía ninguna referencia de la canción, salvo que imprimía emoción sublime a una colonia vulgar,
como vulgares son todos los perfumes, porque su olor ahoga el nuestro y al secuestrarlo nos hace menos nosotros.
En un crepúsculo tímido pude descubrirla por fin y me revolvió
la noche, que amanecía tranquila, sin nostalgias ni promesas, con la sustancial ventaja de encontrarse despojada de vaivenes existencialistas.
No podía creer lo que me hicieron padecer sus cuatro minutos: las lágrimas del primer asalto, las sensaciones que me arrancaron el corazón y devoraron mi estómago con esa tierna crueldad.
No recordaba nada ni a nadie, no era ése el drama. Esa canción del infierno no me estaba arrastrando hacia lo vivido alguna vez ni ponía desenfreno a un futuro imaginado.
Tan sólo fue ella, ella y su fuerza, ella y su estruendo, ella y sus sombras. Esas penumbras se me abalanzaban una y otra vez, y me arrancaban el cuello a mordiscos al ritmo de ese piano desgarrado. Aquella voz, que nacía del grito de Munch y la habitación de Gregorio Samsa, me estremeció.
Horas después de la primera escucha, cuando me recuperé del shock inicial,
me pregunté a quién podría bramar mi angustia, quién podría haberlo percibido, ahí fuera, con esa misma intensidad. Con ese mismo dolor que me atenazaba porque sí, porque voces y acordes.